Ya
en los pueblos primitivos, las actividades que nosotros concebimos como
deporte eran, principalmente, ritos que acompañaban a los mitos
correspondientes. Autores clásicos como Diem, Ortega y Gasset, Huizinga
y Veblen subrayan que las actividades físicas lúdicas de las sociedades
primitivas eran ofertas a las presencias sobrenaturales; pues es
evidente que esos juegos no eran necesarios para su supervivencia. En
este sentido, los griegos se enfrentaban en pos de ser el primero
–protós- o el mejor –aristós-; para alcanzar así la gloria –timé-. “La
competición se conoce en griego con el termino agón, que indica la
lucha entre dos personas; de aquí, deriva el termino
<<agonístico>> que ha caracterizado desde siempre a la
civilización griega”1 . Pues en la Grecia antigua existía una
preocupación por mantener, mediante el ejercicio físico, un saludable
equilibrio entre las cualidades morales y físicas de la persona –la
Kalokagathía- que era el eje de la educación de los jóvenes griegos,
así como, del espíritu agonístico del deporte helénico. Según Cagigal
la clave para comprender el significado y la dimensión cultural que
tenían los griegos de los Juegos en general era el concepto de agón
como temple y afán de superación y la práctica de la areté –virtud-;
como un todo donde se desarrollaba la Kalonkaigathai –lo bueno y lo
bello-. Sólo así entenderemos que para los griegos los Juegos eran una
forma de potenciar el agón como una fuerza impulsora de la creación
vital. Así lo cotidiano, el arte, el deporte y, por extensión, la
cultura, eran un conjunto que se desarrollaba en el gimnasio donde lo
agonal unía la reflexión y la acción. Ejemplo de esta concepción lo
tenemos en que a uno de los mayores representantes del pensamiento
humano lo conocemos “no por su nombre de pila, sino a través del
apelativo puesto por sus compañeros de palestra, Platón viene a
significar <<anchas espaldas>>, y de otro lado la escuela
de este filosofo tomó su nombre del <<gimnasio suburbano
abundante en árboles y dedicado al héroe Ecademos>>”2 como
recogió Diógenes Laercio. No olvide usted, que los griegos siempre
pensaron que el hombre se distinguía de otras especies animales más por
su hacer que por su pensar, pues <<el pensamiento se engendró en
la acción.
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En
el Imperio romano, Augusto consolidó la política de seducir a las masas
a través de los juegos en el circo y el anfiteatro; tanto para mantener
a los ciudadanos al margen de la política como, para darse a conocer de
cara a unas próximas elecciones para la magistratura. De aquí devino la
célebre frase de Juvenal <<panem et circenses>>.
<<Pan y circo>>. Según los expertos, los graves altercados
que solían provocarse entre los espectadores a los juegos gladiatorios,
provocó la regularización de los asientos. Recordemos que en la antigua
Roma la violencia entre los espectadores a los juegos del anfiteatro y
a las carreras hípicas del circo, o del hipódromo bizantino, se
originaban entre los fanáticos seguidores de las diversas facciones:
blancos, rojos, verdes y azules. La pasión exacerbada provocó
auténticas masacres en este periodo.
“Los gladiadores que, en su origen, eran amateurs, soldados o
prisioneros de guerra, y luchaban en ceremonias religiosas destinadas a
honrar la memoria de los muertos”25 ; pasaron de ser inicialmente una
profesión honrosa, dura, rigurosa y bien primada; a convertirse en un
espectáculo tan sangriento como apreciado por los romanos. En especial
por el Estado, que terminó ingresando anualmente más de 20 millones de
sestercios. El negocio era tan redondo que el Estado no tardó en crear
sus propias escuelas de gladiadores para evitar el enriquecimiento de
los lanistas. Sin embargo, los gladiadores profesionales disfrutaban de
buena comida y cuidados corporales; caso a parte, eran las condiciones
de los condenados a la arena que eran tan lamentables que llegaron a
provocar motines y rebeliones como la de Espartaco. |
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El
periodo preindustrial de nuestra historia se comprende desde la caída
de Roma hasta la Revolución francesa –del 476 a 1789- y se caracteriza
por el sistema de producción feudal reinante. Tras la caída de Roma, el
poder recayó en las tribus germánicas que, bajo el poder de sus
Caudillos electos y sus guardias personales, futuros Reyes y nobles, se
enfrentarían entre sí sin cesar, durante los once siglos que duró la
Edad Media; mientras que, la Iglesia católica abonaba el antagonismo
entre Reyes y nobles, a la par que daba carta de originalidad divina a
la Monarquía o desarrollaba teorías filosóficas para derribar a los
Reyes tiránicos. Pero muchos olvidan, que la Edad Media no fue un
proceso histórico monolítico sino una continua evolución política,
económica y social, que pasó de la caballería cortesana y su economía
natural feudal, a la burguesía ciudadana y su economía monetaria, que
propició un halo de libertad en los nuevos burgos donde se
desarrollaría el capitalismo. Gracias a ello, durante la Edad Moderna,
el Estado-nación terminó imponiéndose a las ciudades-estado
renacentistas así como desarrollando Monarcas absolutos, que se
apoyaron en la burguesía para dominar a los nobles, eclesiásticos y
campesinos más levantiscos. Esta concepción absolutista del poder llegó
a su cenit en la Corte del Rey Sol en Versalles.
En esta línea, no debemos omitir, que si los primeros siglos de la Edad
Media fueron tiempos realmente oscuros y bárbaros; también se comenzó a
desarrollar una cierta forma de entender moralmente la vida; que tanto
haría por desarrollar la caballería, y de esta, al deporte donde
durante siglos pudo seguir viajando el espíritu agonista de los
clásicos; especialmente en las actividades físicas modernas
individuales. La Iglesia proporcionó la gran continuidad cultural
grecolatina ante el salvajismo y la incultura de los primeros tiempos
de la Edad Media. La base que gradualmente sostuvo el Señorío fue el
continuo proceso de los individuos que, supeditaron su libertad ante un
Señor, para obtener protección en una época de gran incertidumbre
política y económica. Máxime cuando recordemos que los individuos de
aquella época abandonaron las ciudades romanas para buscar su
subsistencia en el campo. Así los campesinos con los diezmos, las
primicias y su trabajo durante tres días semanales en la reserva de su
Señor, afianzaron el sistema militar y religioso de la Edad Media. El
rígido sistema social imperante se trasladó a la práctica de las
actividades lúdicas, diferenciando las de los nobles de las de los
villanos; así como a la falta de instalaciones deportivas, bien
definidas; porque el poder no las necesitaba. En este contexto, el
pueblo desarrolló sus juegos de pelota, tiro o luchas entorno a las
iglesias, los fosos, las murallas, los solares, las playas, las eras,
etc., hasta que en el siglo XII con la aparición de las ciudades
comienzan a surgir las primeras instalaciones.
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